“Rulo” Romero, el campeón de Corrientes que no tira la toalla

Aunque empezó como arquero, torció el destino de su infancia humilde a fuerza de goles, tanto en inferiores de AFA como en las selecciones juveniles. Dejó su casa a los 13 años para pelear por el sueño que aún hoy lo desvela: ser el “9” de Talleres.

Cuenta la leyenda que durante una prueba en Talleres hizo cuatro goles, todos de diferentes perfiles: de cabeza, con pierna derecha, de zurda y apilando defensores. Dicen que por lo que hizo en cancha no dudaron en firmarlo, pese a que en el puesto había ya dos centrodelanteros consolidados: Guido Verini, hoy en 4ta de San Lorenzo, y Marcos Oreglia.

Ese pibe con edad de octava terminó jugando una final de inferiores de AFA con la séptima, en condición de visitante, y haciendo dos de los cuatro goles del 4-4 que llevó a Talleres y Rosario Central a una dramática definición por penales, donde tampoco le tembló el pulso para patear y convertir para la consagración de la 2003 albiazul, en cancha de Colón.

“Tenía una potencia tal que arrastraba a los defensores. Literalmente los arrastraba: arrancaba en mitad de cancha y se los llevaba puesto. Y, después, tenía variantes en la definición: con ambas piernas, de cabeza y tenía capacidad para enfrentar al arquero y no dudar. Era muy decidido en la toma de decisiones”.

Así describe a David “el Rulo” Romero alguien que fue testigo de la explosión que el correntino tuvo en las juveniles del club de barrio Jardín, donde llegó a hacer –entre 8va y 7ma división- 40 goles en 55 partidos.

La séptima campeona de Talleres, en el Brigadier General Estanislao López.

Llegó a la “T” a fines de 2017, luego de un minucioso trabajo de captación que lideraron Hernán Llano –director de Scouting y Visoría del “Matador” entre 2017 y 2020, y actual coordinador de inferiores de Newell’s-, Esteban Lisi –desde 2020 y hasta hoy, a cargo del área que comandaba Llano-, Andrés Salto y Pablo Gibelli.

Y aunque su arribo vino cargado de goles y hasta de convocatorias a las selecciones nacionales Sub 15 y Sub 20, hubo noches en las que ese nene de 13 años extrañó un picado con su papá y una tarde en el kiosco con la vieja.

“Me crie en Corrientes. Tuve una infancia tranquila, con una familia humilde. No teníamos todo resuelto, apenas si conseguía un par de botines. Viví siempre ahí, hasta que a los 13 me tocó ir a Talleres. Me trajo mi familia, pero después se fueron y quedé solo en la pensión. A veces se me escapaba alguna lágrima, pero en silencio. Hay momentos en los que sentís que no podés más, que estás lejos de todo, porque yo en Córdoba no tenía a nadie. Y pensaba: ‘Me quiero ir a casa, con mi familia, mis amigos’. Pero ahí está lo que vos querés ser: si te vas, todo lo que viviste no sirve de nada. Obviamente que extrañás: cada vez que te vas a Corrientes y volvés, extrañás. Pero, la verdad, es que yo me adapté muy rápido. Los chicos de la pensión fueron muy buenos conmigo y en el club me trataron todos muy bien. Si no hubiera sido así, me hubiese costado el doble”, cuenta, en diálogo con LA SAETA, quien hizo su debut en Primera a los 16 años, en enero del 2020, durante un amistoso contra San Lorenzo (3-1) en San Juan, reemplazando nada menos que a Diego Valoyes.

Mucho antes de Talleres, de que lo bauticen “el Rulo” –“me pusieron así acá en Córdoba, los chicos del club, porque tenía el pelo largo y se me hacían muchos rulos”, explica- y hasta de que sea delantero, Romero empezó a jugar al fútbol en Boca Unidos de Corrientes.

Los primeros pasos, con la de Boca Unidos.

“A los 7 años, mi papá me llevó a Boca Unidos y me dijo que me iba a ir bien. Arranqué como arquero y después fui saliendo del área. Me gustaba mucho ir al arco. Me sigue gustando, en realidad, pero cambié de posición, ja ja. Mi papá jugó siempre al arco, atajaba en un equipo de su pueblo, Caá Catí. Ya de más grandes, cuando jugábamos al fútbol 5, nos enfrentábamos: él iba al arco y yo, arriba, en otro equipo. Por ahí nos puteábamos, pero tranqui, je je. Ataja muy bien él”, dice el delantero que, oficialmente, tuvo su estreno el 28 abril del 2021 –fecha que lleva inmortalizada en un antebrazo-, por Copa Sudamericana, en Colombia y contra Deportes Tolima (1-1).

José, su arquero favorito, trabaja como seguridad en la planta de Cerveza y Maltería Quilmes que funciona en Corrientes. Soledad, su mamá y ejemplo de esfuerzo y perseverancia, desde hace años atiende la despensa familiar. Victoria (22), su hermana mayor, estudia para ser maestra jardinera y Bautista (10), el menor, está dando sus primeros pasos en el “Aurirrojo”. Gracias a ellos y por ellos, el atacante no tiró la toalla en las malas y mantuvo los pies sobre la tierra en los tiempos de bonanza.

“Debutar en primera siendo tan joven es algo muy lindo, una sensación tremenda. Toda la familia que te apoya quiere ver ese momento. Yo intenté disfrutarlo al máximo. Y en ese tiempo que pasó entre el debut en el amistoso y el oficial, simplemente dejé que todo fluya, que pase el tiempo, y pasó. Obviamente que cuando sos goleador o te convocan a la selección juvenil, en algún momento ‘los patos se te vuelan’, pero creo que las personas que tenés al lado son las que te ayudan a no creértela. En mi caso, esas personas fueron mi familia y también compañeros y profes”, reconoce.

—¿Cómo es ponerse la camiseta de la selección argentina?
—Es algo muy lindo, que creo que no me lo voy a olvidar nunca. Y también intenté disfrutar cada momento, cada viaje, cada partido. Es algo que, a cualquiera que le toque, tiene que disfrutarlo, porque es un privilegio enorme.

Encarando al área, con la casaca de la selección argentina.

Por peso específico en el área rival, pero también por su profesionalismo. Por todo eso lo recuerda con cariño Alejandro Saggese, que fue su entrenador en la Sub 15 albiceleste.

“Futbolísticamente, vimos en David un delantero con aspectos técnicos, tácticos y condiciones acordes a integrar un seleccionado nacional. Y, desde lo personal, era un chico muy respetuoso y con muchísimas ganas de aprender. Con estas características, si su presente es bueno, su futuro es alentador”, le dijo a este medio el reconocido profesor de las divisiones menores de Estudiantes de La Plata.

Con la convicción de (Martín) Palermo y la fortaleza de Lautaro Martínez –sus ídolos- como faro, “el Rulo” no se da por vencido en su lucha por ser el “9” de la que es su casa desde hace seis años. Porque aún se le dibuja una sonrisa luminosa cuando pisa el Kempes y porque quiere seguir sintiendo el hormigueo en la panza que le provoca perforar la red.

“Entrar a una cancha es algo muy lindo. Ver toda la gente, el apoyo que te dan todo el tiempo, es algo que no se compara con nada. Y cuando hacés un gol, te agarra un cosquilleo, una felicidad inmensa. Mi sueño es hacer muchos goles con Talleres, salir campeón con este club y, después, jugar en la selección”, cierra, repleto de ilusión y de sed de revancha.

FOTO: PRENSA CLUB ATLÉTICO TALLERES.