El lado B del sueño de ser futbolista

Debutó en Primera de Gimnasia y Tiro de Salta, a los 17. Pero, cinco años después, la ilusión de vivir del fútbol se esfumó: tras militar en equipos del interior, se retiró definitivamente. Acaba de publicar un libro en el que cuenta los padecimientos que acarrea el gran anhelo de cientos de miles de pibes argentinos.

Una vez, hizo los dos goles con que los suplentes les ganaron 2-0 a los titulares en la práctica de fútbol previa al partido, pero el sábado no lo citaron. Otra vez, sí lo citaron para un amistoso contra Gimnasia y Esgrima de Jujuy, y cuando llegó al predio le pidieron que haga de juez de línea. En otra oportunidad, lo echaron del entrenamiento porque tiró mal un centro. Y, en alguna ocasión, el cachetazo llegó de parte de sus pares: después de ganar un torneo de verano, vio cómo los jugadores más grandes se adueñaron del dinero de ese premio.

Enrique Guardo Riggio tiene 27 años, es contador público, especialista en costos de gestión empresarial, trabaja en Refinería del Centro y tiene un diplomado en políticas públicas. Pero, antes de este feliz presente profesional, el salteño fue uno más de los tantos jóvenes argentinos que alguna vez acariciaron el sueño de ser futbolista y que, sin embargo, en lugar de éxito, fama y millones de dólares, hallaron frustraciones, injusticias y humillaciones.

El sobrino de Renato “Tano” Riggio, ídolo del Instituto que logró el ascenso en 2004 –fue autor de aquel inolvidable “gol de oro”-, debutó a los 17 en Gimnasia y Tiro de Salta. A los 20, pasó a Unión Aconquija de Catamarca, en el Torneo Federal A, y luego a Vélez de San Ramón (Santiago del Estero), en el Federal B. Y, tras caminar las ligas del interior de Córdoba –defendió las camisetas de Náutico Rumipal, Agrario Corralito, Recreativo Elenense, Belgrano Almafuerte y Agrario Corralito-, le dijo adiós a su sueño de botines y pantalones cortos.

Y esa experiencia como futbolista profesional, breve pero transformadora, lo llevó a escribir un libro en el que cuenta el costado menos feliz en la vida de un jugador de fútbol. “El pibe que nunca llegó. El lado B del sueño de ser futbolista” es la novela que, editada por Tinta Libre, acaba de publicar y aborda la cruda realidad que esconde la hiperprofesionalización del deporte.

De acuerdo a Libro De Pases, apenas cuatro de 100 jugadores de inferiores hacen el recorrido completo desde 9na hasta primera división. Y, también según esta plataforma a la que recurren miles de jóvenes para encontrar club, sólo entre el 1 y el 3 por ciento de los que se prueban en una institución, quedan y logran formar parte de las divisiones menores.

¿Qué pasa con esa inmensa minoría que queda en el camino? ¿Y con los que llegan, se tutean con el éxito y lo recuerdan como poco más que un amor de verano? ¿Quién se encarga de esos desengaños hechos pelota?

El que intenta responder es Guardo Riggio, a través de esta obra.

«Decidí escribir este libro porque siento que es una parte del fútbol que la gente no conoce y que existe y existió toda la vida. Todos los argentinos quieren jugar al fútbol y llegan muy pocos. Lo que vemos en la tele es el éxito, pero a los que no llegan nadie los ve, nadie los conoce, y se esforzaron de igual manera que el que llegó. El fútbol se transformó en un negocio y, como tal, el bien que no sirve se descarta. Y, como hay muchos bienes en el mercado y hay pocos demandantes, se torna una competencia imperfecta, y los que quedan en el camino tienen que reconstruirse. Muchos terminan en cualquier lado, trabajando de lo que pueden o de la peor manera. Porque cuando sos futbolista te pasan cosas que son fuertes para le edad en que te toca vivirlas. Sumado a que, si bien mejoró mucho en los últimos años, los clubes no están capacitados para tener niños en las pensiones. Los tratan como si fueran perros: comen mal, duermen todos juntos en colchones y lugares que no están en condiciones, con agua fría, un solo baño para un montón. Y, lamentablemente, en Argentina a veces eso es mejor que lo que tienen en su casa. En Santiago del Estero, yo vi la pensión cómo se caía a pedazos, pero mis compañeros en su casa a veces vivían con 11 personas en una habitación de 2×2″, le dice «Kike» a LA SAETA.

—¿De qué se trata exactamente el libro?
—En la novela, cuento la historia de dos personajes, el Paisa y el Pancu, que son dos chicos de Santiago del Estero que sueñan con ser futbolistas, dos amigos que llegan a Buenos Aires y van viviendo determinadas situaciones que son las mismas que viven todos los futbolistas que intentan cumplir su sueño de jugar en Primera. Van a una prueba de jugadores y quedan, y comienzan a vivir el mundo de la pensión, las inferiores, debutar o no, cambiarse de club, la soledad, las lesiones, los amigos. Es un libro bastante corto, tiene menos de 300 páginas, de lectura ligera. Y mi intención no fue perturbar a nadie, sino divertir y a la vez enseñar que no todo es color de rosa en el fútbol, sino que detrás del sueño de cada persona hay un mundo, una realidad que la gente no cuenta por vergüenza o porque no se da cuenta.

—¿El fútbol te prepara por si no llegás?
—No. Y si bien el deporte te da herramientas que son muy útiles para la vida, como jugar en equipo, confiar en tu compañero, entender que la unión es más fuerte que la individualidad, competir por un puesto, en el fútbol profesional esa competencia no es sana. Muchas veces juega uno que no es mejor, pero tiene un representante que lo acomoda. O, simplemente, al técnico no le gusta tu cara. Uno no está preparado para quedarse sin sueños, para quedarse a la deriva de la vida.

—¿Sufriste durante tu adolescencia siendo futbolista?
—Traté de llevar el libro a un público joven, para advertirles qué es lo que los espera en el mundo del fútbol. Y no conté las experiencias más fuertes, porque no me parecían útiles para el objetivo del libro. Pero cosas duras hay un montón: malos tratos, robos. A mí me robaron los botines mis propios compañeros, en el vestuario. Y vi cómo les robaban plata a otros. Maltratos de dirigentes, de técnicos. Una vez, jugamos un torneo de verano y los jugadores que eran profesionales se repartieron el premio entre ellos. Yo había jugado todo el partido y me dieron menos plata porque todavía no tenía contrato: me dieron $1000, me acuerdo, y ellos se repartieron 15 mil pesos cada uno, en el 2013, cuando el dólar estaba a $13. Otra vez, nos citaron a mí y a un compañero a un amistoso contra Gimnasia y Esgrima de Jujuy, y cuando llegamos entusiasmados a la práctica nos pusieron a uno de cada lado para ser jueces de línea. También me sacaron de una práctica por tirar mal un centro. Cuando me fui de Gimnasia y Tiro, me fui porque en una práctica de fútbol yo jugaba para los suplentes y ganamos 2 a 0 con dos goles míos. Y el sábado vi la lista de concentrados y no me habían citado. Muchas cosas que, si bien me fortalecieron y me hicieron madurar de golpe, cuando sos niño te destruyen.

—¿Llevarías a un hijo a jugar al fútbol?
—Sí. Si bien es una decisión que deberían tomar ellos, el fútbol es un deporte que te da muchísimos aprendizajes. Y las cosas están cambiando, el ambiente se va dando cuenta de que los futbolistas son personas que sienten, que viven, que sueñen igual que otra persona común y corriente. Hoy hay un acompañamiento psicológico, hay técnicos que vivieron las mismas cosas que viví yo y que vivió mucha gente, y por ahí no quieren que se repitan. La vieja escuela de la que habla Ruggeri, de machismo y de violencia, ya no existe más o existe muy poco. El fútbol está cambiando muchísimo y me alegra, porque estas cosas no las debería vivir nadie más.

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