Buffarini, el luchador infatigable que se convirtió en un héroe terrenal

Creció en una casa con techo de chapa. Vivió en la pensión de Talleres sin luz, agua, ni comida asegurada. Pero la peleó y llegó a jugar con Messi, marcar a “CR7”, ser campeón de la Libertadores y conocer al Papa.

El calor atrapado que no encuentra la puerta de salida. El frío intruso y crudo que se niega a escapar. El viento y la lluvia, disfrazados de eterna amenaza. Y, en medio de esa postal incómoda, un pibito que sonríe. Porque, a pesar de todo, tiene una pelota y la persigue importándole tres carajos el techo de chapa, las goteras y la infraestructura precaria. Obediente, como si presintiera que el día de mañana ese trayecto que dibuja le cambiará la vida, la acorrala por todos los rincones de esa casita modesta y alquilada.

Julio Buffarini no deja de correr. Ni en esa austera vivienda de su General Cabrera natal, ni en los años en que le toca vivir en la cancha de Talleres sin luz, ni agua, ni gas. No se detiene. Como puede, con lo que tiene y también con lo que le falta, pero va.

“Cuando Julito era chico, yo trabajaba en una empresa metalúrgica. Reparábamos los pozos de noria, los pozos de agua. Y alquilábamos en una casa humilde, con techo de chapa al que le poníamos unas cañas para que no hiciera tanto calor ni frío y para que no gotee. La luchábamos. Cuando se fue a Córdoba, a jugar a Atalaya y Talleres, más de una vez lo fui a buscar porque los primeros años la pasaba mal. Yo sabía que no comían bien. Y la plata que teníamos era muy poca, así que le podía dejar unas moneditas nomás, lo justo. Pero él me decía: ‘No, no, yo me voy a quedar’. Con él fueron otros cinco o seis chicos del pueblo, y el único que se quedó fue él”, recuerda Julio José Buffarini, el padre de la criatura, en diálogo con LA SAETA.

Julio padre, junto con su hijo y Guiñazú.

Después de vestir las camisetas de los tres clubes de su ciudad, Ateneo Vecinos, Alianza Deportiva e Independiente Dolores, el lateral derecho empezó a tomarse en serio aquello de ser futbolista. A los 13 años se fue a probar a Newell’s y, aunque lo ficharon, no pudo con el desarraigo y, seis meses más tarde, abandonó Rosario. Y si bien volvió a su provincia, el regreso no fue a la tranquilidad de su pago, sino a la agitada capital cordobesa. Se puso la casaca de Atalaya y, al cabo de dos temporadas, pasó a Talleres para, a los 17, ver su sueño convertido en realidad: el 5 de agosto de 2006, debutó en la Primera de un Matador que militaba en la segunda división del fútbol argentino y que, esa tarde, cayó 1-0 contra Defensa y Justicia.

“En Newell’s estuve poco tiempo porque extrañaba mucho. Después, cuando vine a Atalaya, fue más fácil porque ahí tenía otros seis amigos de mi pueblo. Y, cuando a los 15 pasé a Talleres, la adaptación fue todavía mejor, porque tenía a un amigo y a mi primo (Rodolfo González). En Talleres fue todo rápido, subí a los 16 y debuté a los 17, pero en esa época estar en La Boutique era bravo: no tenías los recursos y los materiales para poder crecer. Te tocaba madurar directamente en Primera, y ahí los errores se ven con facilidad. En la pensión no había luz, agua, gas, y a veces, no había para comer. Los chicos de mi pueblo que estaban conmigo se quejaban con los padres por todo eso. A mí me llamaba mi ‘vieja’ (Alicia) y me preguntaba si eso era verdad y yo le decía: ‘No, nada que ver, estamos de diez’. Después, los otros chicos se volvieron, el único que me quedé fui yo y tuve la suerte de llegar a Primera. Siempre estuve convencido de que iba a llegar. Con mayores o menores posibilidades técnicas, pero siempre con el mismo convencimiento que tengo hasta hoy”, dice Buffa sobre sus comienzos.

—¿Qué recordás de tu infancia?
—Cuando yo era chiquito, mi viejo trabajaba en una empresa agropecuaria, con las soldaduras, y en una metalúrgica. Y mi vieja era ama de casa. Después, pusimos una venta de pollos y ahí ayudaba toda la familia: mi hermana en la caja, yo repartía, y mis papás asaban. Por ahí, un par de botines o una pelota eran lujos medio inalcanzables, pero mis viejos hacían lo imposible para que no me faltaran o para que los que tenía no estuvieran rotos. Ese sacrificio que ellos hicieron siempre valió la pena, porque yo pude jugar al fútbol y Estefanía, mi hermana, que tiene un año más que yo, pudo trabajar en una farmacia y formar su familia. Y, Gabriela, mi otra hermana, cinco años menor que yo, se pudo recibir de asistente social.

Amor del barrio, amor del club: amor del bueno
Pasó por la pensión que funcionaba en los cuarteles del Regimiento de Infantería Paracaidista 14, por la de la avenida Caraffa –donde, después de comer, iba al semáforo de la esquina a hacer malabares con otros compañeros para juntar moneditas para los ya desaparecidos cibers- y, fue dicho, por la de Av. Ricchieri al 3100, donde vivió varios años: “Si bien debuté en Primera a los 17, hasta los 19 o 20 seguí en la pensión. Porque, para que te manden a un departamento, tenías que cumplir una determinada cantidad de partidos jugados. Recién ahí me pude ir”.

Por si queda alguna duda de que Chacho es sinónimo de Talleres –defendió sus colores en la tercera, segunda y primera división del fútbol nacional-, basta con adentrarse en la historia de su matrimonio.

Julio y Florencia, cuando el romance acababa de comenzar.

“Nos conocimos en barrio Jardín, en La Boutique, en el 2009, cuando tenía 19 años. Yo soy de zona sur, la casa de mis viejos está muy cerquita de la cancha de Talleres. Siempre iba a la cancha porque ese era el momento para compartir con mi papá –reconoce Florencia Silva, esposa del jugador que nació un 19 de agosto de 1988-, que además de hincha era visitador médico: trabajaba en el laboratorio Temis Lostaló y tenía convenios con el club porque tenían, por ejemplo, el Total Magnesiano, que era algo que tomaban los jugadores. Nosotros íbamos a la platea baja, cerquita del alambrado, y ahí conocí a un primo segundo de Julio. Fue él quien le pasó mi contacto y empezamos a hablar por el MSN Messenger. Al principio no conté nada, me lo guardé para mí, al menos hasta asegurarme de que la relación iba en serio. Yo era un poco prejuiciosa. Mis amigas también, me decían: ‘¿¡Vos estás conociendo a un futbolista!?’. Sobre todo en ese momento, el futbolista estaba mal visto, como que le gustaba salir y qué sé yo. Después, cuando conocieron a Julio, vieron que nada que ver. Mis papás y mis hermanos, como eran hinchas de Talleres, cuando se enteraron estaban chochos”.

Casi desde la cuna aprendió a valorar la identidad y la familia. Su papá, un veloz wing derecho que jugó en la Liga de Río Cuarto hasta que le tocó el servicio militar, se lo inculcó en un hecho fundamental: la elección del apellido.

“En realidad, Julito tendría que ser de apellido Albornoz. Mi mamá es Buffarini y yo llevo su apellido, porque mi papá de sangre murió cuando tenía poco más de un año: tenía caballos de carrera y le dio un ataque en el hipódromo, murió ahí. Mi padrastro, que es el hermano de la mamá del Cholo Guiñazú (Gladis, también de General Cabrera), me crio desde los 8 años. También pensé que en el fútbol hay muchos Albornoz, y muy poquitos Buffarini: en Buenos Aires, algunos me confunden con Sergio Bufarini (con una sola “f”), que es de La Carlota y fue campeón de América con Independiente, pero nada que ver”, confiesa ese padre que fue un pilar crucial en la carrera de su hijo.

Su corazón late al ritmo de los suyos, sus seres amados, y de lo suyo, esa pelota que aún hoy elige embestir. Pero, en ocasiones, el tiempo comete el desatino de poner a prueba esa lealtad. Por el fútbol se perdió el parto de Martina, su hija de 11 años. Pero, a pesar del fútbol, pudo estar en el nacimiento de Francesca, su otra hija, de poco más de un año y medio, e hizo lo imposible para acompañar a Florencia en la pérdida de un embarazo de seis meses.

“Cuando nació Martina, no pude llegar al parto porque estábamos de pretemporada en Salta con Ferro y teníamos un amistoso. Mario Gómez me dio permiso para viajar antes, pero yo quería jugar. Cuando aterricé en Córdoba, prendí el teléfono y me mandaron una foto con mi nena, que ya había nacido. Con Francesca pude estar porque en España no se concentra. Teníamos un partido por la Liga contra el Málaga, un sábado, a las 17. Y Flor empezó con trabajo de parto el sábado a las 0.30 y la bebé terminó naciendo a las 5 de la mañana. A las 7 me fui a dormir un rato a casa, me bañé, comí y me fui a la cancha. Obviamente, no le dije nada al técnico, porque quería jugar: jugué todo el partido, empatamos 0-0, y recién después le conté al entrenador que había nacido mi hija”, cuenta el futbolista de la “T”.

—Y lo de Lola, ¿cómo fue?
—Fue lo más triste de mi vida y mi carrera. Cuatro días después de la Supercopa entre San Lorenzo y Boca, en el Kempes, con mi señora perdimos un embarazo de cinco meses y medio. Esos días dormí al lado de su cama, en el Sanatorio Allende. Jugué los 90 minutos, salimos campeones (4-0) y, en medio de los festejos, me volví al hospital. A los dos días nos dijeron que Lola había muerto y, al día siguiente de recibir la noticia, me subí al auto y me fui al Nuevo Gasómetro para jugar contra Sarmiento de Junín (2-1), y jugué todo el partido.

En esa encrucijada entre la vida profesional y personal que propone el fútbol, hay actores que pasan desapercibidos pero que son, en la vida diaria, fundamentales. Florencia fue la que, en los difíciles primeros años de su esposo, debió arriesgar, acompañar y resistir.

“Cuando le salió la posibilidad de ir a Atlético Tucumán, nosotros ya hacía un tiempo que estábamos juntos y, aunque yo con 20 años me consideraba muy chica para ir, él me decía que fuera. Fue todo un desafío para mí, porque yo era muy ‘nena de mamá’, vivía con mis papás todavía. Fui, aposté a la relación. Fue un año que me costó muchísimo, me encontré con una vida totalmente distinta, en la que tenía que acompañar todo el tiempo, y tenía que estar lejos de la familia y los amigos. Fue tan difícil que casi me vuelvo. En un momento, le dije: ‘Hasta acá llegué’. Y ahí, cuando estábamos en una pequeña crisis, quedé embarazada de Martina. Y, en Brasil, cuando jugó en San Pablo, había semanas en las que dormía en casa solo dos noches, porque allá tienen dos torneos más la Copa Brasil. Eso es duro, sobre todo los fines de semana. Después, entendés que los fines de semana pasan a ser diferentes y tratás de hacer planes con las nenas. Y los lunes pasan a ser el nuevo domingo, ese día armás planes familiares. Pero, al margen de los primeros años, después fueron todas experiencias superpositivas. Es mucho más lo bueno, que lo malo”, reflexiona quien se transformó en una aliada de fierro.

De todo eso bueno que podría ofrecer la profesión, Julio Buffarini recibió una tajada generosa. Jugó con Messi, marcó a Cristiano Ronaldo, conoció a Maradona, fue campeón de la Libertadores, estuvo con el papa Francisco, lo citaron a la selección y posó con La Mona Jiménez.

“Hay gente que tiene un aura especial, que ya se imponen. Me pasó con Riquelme, Messi, Maradona, Tevez. Y lo del Papa fue impresionante. Me tocó llevarle la Libertadores, conocer el Vaticano, convivir esos días y estar con él. Era todo paz, toda tranquilidad, una armonía increíble”, narra sobre los capítulos de una vida cinematográfica

¿Se puede elegir una sola anécdota para, el día de mañana, contarle a un hijo o a un nieto? Julio cree que sí: “Cuando jugamos contra el Barcelona, en el Camp Nou, terminó el partido, le dije a Messi de cambiar las camisetas, y me dijo que ya las había dado a todas, que no le quedaba ninguna. Yo igual le dejé la mía, me agradeció y se fue. Al otro día, me levanto, suena el teléfono del hotel y me dicen que había algo a mi nombre. Bajo y era la camiseta de Messi que él mismo me había mandado. Esas cosas te marcan por cómo es como persona, al margen del jugador extraordinario”.

—¿Cómo se mantienen los pies sobre la tierra, después de tutearse con semejantes personalidades?
—El mundo del fútbol es una burbuja que en algún momento se pincha y después caés en la realidad. Eso nos va a pasar a todos. Te retirás, dejás de ser jugador, dejás de estar en clubes de élite y volvés a la realidad. Y ahí aparece la persona, no el jugador. Yo a eso se los manifiesto a mis hijas. Ellas tienen la posibilidad de tener todo, pero tienen el mismo celular y la misma tablet que hace cuatro años. Y saben que, si se rompe, no hay más. Se trata de que valoren las cosas. El fútbol sirve para eso también. A mí me dio la posibilidad de conocer un montón de gente y de lugares. Y, al igual que el deporte en general, te enseña a levantarte todos los días a querer ser alguien.

FOTO PRINCIPAL: PRENSA CLUB ATLÉTICO TALLERES.